CAPÍTULO 4

Kaze no Hideaki caminaba a grandes zancadas en dirección a la Casa del Viento, su hermano Masahiro lo esperaba. La reunión de los Magistrados se había alargado más de lo habitual debido al creciente número de informes que habían llegado en las últimas semanas desde distintos rincones del Imperio. Por fortuna, el trayecto desde la Casa del Shogun hasta cualquiera de las Grandes Casas no era demasiado largo. Le costaba, no obstante, abrirse paso entre las multitudes, y es que Nara, la gran capital de Shirukuni, parecía no descansar nunca.

Entró en la Casa del Viento sin detenerse a saludar a los alumnos de los dojo y a los artesanos de los talleres como normalmente hacía; la pequeña ciudad latía con la misma vida alegre de siempre dentro de la gran ciudad de Nara. Llegó casi sin aliento al Palacio del Viento, actual residencia de su hermano. Su padre, Kaze no Haru, el Daimyo del Viento, había fallecido repentinamente hacía tan sólo dos meses. Los yamabushi que lo habían asistido en sus últimos agónicos momentos aseguraron que la muerte se debió a un fallo del corazón y Mansai, bueno, Mansai no desmintió aquello ni se aventuró a añadir más información; sin embargo, se quedó muy pensativo y dijo que necesitaba meditar, tras lo cual, se marchó y desde entonces no había vuelto a verlo. Hacía dos semanas que Masahiro, su hermano mayor, había asumido el cargo de Daimyo tras celebrar las ceremonias funerarias pertinentes. Cuando entró en el despacho, Hideaki se encontró a su hermano sentado en el tatami rodeado de pergaminos y libros esparcidos por el suelo y a Koan remoloneando encima de algunos. Koan era el gran gato negro de su padre, Haru había llamado así a su querido animal por su afición a los acertijos; y la verdad era que Koan era muy estimado por todos allí ya que desde que fue adoptado en la casa del Viento, ni un solo ratón volvió a ser visto.

—Por lo que más quieras, Masahiro-dono, contrata a un yoriki —exclamó Hideaki.

—Ya lo he hecho, ¡a tres!, en tan sólo dos semanas. —Miró agobiado a Hideaki—. Y, ¿sabes qué? El último fue tan sumamente ordenado que se me hacía imposible encontrar nada después.

—No tienes remedio…Hola, Koan-san —dijo Hideaki suspirando con una sonrisa y acariciando a Koan en la cabeza cuando éste se había acercado a saludarlo—. La verdad, si encuentras un yoriki definitivo, lo compadeceré y lo invitaré a un buen sake siempre que haya ocasión.

—Bien, si está ebrio le será más fácil lidiar con mi estilo de organización. —Rio e invitó a su hermano a sentarse frente a él. Ordenó traer té y unos pastelitos de arroz, guardaron unos instantes de relajado silencio mientras les servían.

—Te vi muy acalorado al entrar —prosiguió Masahiro cuando se vieron de nuevo solos—, ¿es que has venido corriendo? Yo no habré sido bendecido por la Fortuna del Orden pero de ti se olvidó la Fortuna de la Puntualidad.

—Oh, sí, discúlpame por favor, la reunión de los Magistrados ha sido excepcionalmente larga y, la verdad, de bastante importancia, no podía ausentarme de ninguna manera.

—Tú también necesitarías un yoriki, por lo que veo…

—Eso me temo, aunque me ha ido bien sin ninguno hasta ahora. —Guardó silencio unos momentos—. El Jefe de Magistrados del Viento me insiste, quiere que coja un yoriki a mi cargo para que lo instruya y he tenido que ceder, al menos podré elegir entre tres candidatos, mañana los conoceré.

—Excelente, creo que será bueno para ti y para tu carrera. Todos los Magistrados que conozco tienen algún yoriki, algunos hasta cuatro.

—Sí, supongo que sí… he aprendido mucho en estos años de Magistrado. Pensándolo bien, me apetece tener a quién enseñar, dejar en él mi huella, un legado.

—Si quieres un auténtico legado, cásate y ten hijos. —Masahiro se echó a reír con ganas y Hideaki sonrió ruborizado.

Koan se restregó una última vez contra Hideaki, se desplazó lentamente hacia Masahiro y se colocó en su regazo convirtiéndose en una enorme y ronroneante bola de pelo negro.

—¿Otra vez ese asunto? —dijo Hideaki molesto.

—Está bien, está bien… lo dejaré para más adelante. Las cosas de una en una. —Carraspeó y miró a su hermano pequeño con firmeza. —Hideaki seré directo, necesito nombrar a un nuevo Consejero del Viento en la Casa del Shogun.

—¿Qué? Pero… ¿y nuestro tío Hiroyuki? —Hideaki se puso nervioso pensando que tal vez su hermano iba a nombrarlo Consejero.

—Hiroyuki… Hideaki, no me entendiendo con él. En los últimos años del Daimyazgo de nuestro padre hizo lo que quiso, la comunicación entre ambos no fluía como debía. Eso no puede ser así, la auténtica voz del Viento debe ser escuchada. Además —Masahiro respiró hondo—, hay otro motivo por el cual no confío en él y pronto lo descubrirás.

—Lo comprendo y entiéndeme, no me negaré; pero… sinceramente, no creo que sea el más apto, Masahiro-dono, me desenvuelvo bien como Magistrado, puedo moverme por donde quiera; pero vivir en la Ciudad del Shogun, en la corte, ¡todo el año! —Hideaki parecía cada vez más nervioso. —Te agradezco la tentadora oferta, por muy desagradecido que me consideres al rechazarla; te ruego por favor que pienses en otra persona más adecuada para una labor de tal responsabilidad.

—Tranquilo, hermano. —Alzó las manos apaciguándolo—. No te obligaré, por nada del mundo quisiera hacerte desgraciado, de hecho, no pensaba nombrarte Consejero, lo que quiero es tu consejo y opinión. Dime, ¿tienes alguna sugerencia?

Hideaki respiró aliviado y se quedó pensativo unos instantes.

—¡Claro! ¡Aone! Ella será perfecta.

—Sí, he pensado en nuestra hermana en un primer momento, sin embargo…

—Sin embargo, ¿qué?

—Ya sabes lo que se rumorea, a nuestro querido Shogun no le gusta tratar con mujeres. No quisiera que el nombramiento de Aone le causara malestar y eso fuera un problema para nuestra Casa.

—Pero Masahiro —dijo Hideaki entre risas—, ese rumor se originó a raíz del encuentro del Shogun con Kasai no Yuri, la hija pequeña del Señor del Fuego. Él es muy joven y ella muy bonita y se puso tan nervioso que todos los presentes lo notaron. Enseguida empezó a correr ese rumor absurdo. Aone tiene edad para poder ser su madre y se ha criado en la corte, está versada en estos asuntos, es inteligente y comprensiva, créeme, sabrá tratarlo.

Hideaki siempre se emocionaba al hablar de su hermana, en realidad la adoraba. Tras la muerte de su madre cuando era solo un bebé de un año, Aone, que tenía doce años entonces, cuidó de él con gran cariño, casi como de un hijo, y Hideaki siempre se lo agradeció. Además, sabía que no exageraba cuando alababa sus virtudes de cortesana y diplomática, tan sólo decía la verdad y sabía que su hermana disfrutaría en un cargo de tales características.

—Vamos, Masahiro —prosiguió Hideaki—, sabes que estoy en lo cierto. Hace dos años que Aone enviudó, ha superado el duelo y, conociéndola, debe de estar deseando hacer algo valioso por nuestra Casa.

—Tienes razón. —Suspiró—. No hay mejor opción para la Casa del Viento, sin duda.

—Celebro que lo veas como yo. —Respiró hondo y sintió un gran alivio al saberse libre de la responsabilidad de ser él nombrado Consejero, cargo que no se le hacía en absoluto interesante. Suspiró y se llevó la taza de té a los labios.

—Bien, aclarado este asunto, queda volver a lo que dejamos apartado: tu matrimonio, Hideaki. —Le contuvo la mirada con seriedad, mientras rascaba el lomo ronroneante de Koan.

—¿Matrimonio? ¿De verdad? —Dejó la taza de té y se puso nervioso pues, ¿cómo negarse a una petición de su señor? Miró suplicante a su hermano, que rompió en carcajadas.

—¿Tanto te aterra casarte?

—No… no es eso… Es que… supongo que si me caso me entristecería dejar a mi esposa cada vez  que la Magistratura me asignara un caso fuera de la capital y tuviera que marcharme durante varias semanas, o quizá varios meses.

—Pero… ¿no crees que sería agradable tener a alguien que te esperara al regresar? ¿Alguien que te diera hijos?

—Sí… —Sonrió imaginándolo—. Pero creo que es pronto.

—¿Pronto? ¡Por Amaterasu, Hideaki! Tienes veinticinco años, a tu edad yo ya esperaba a mi segundo hijo. Si fueras una mujer no te hubiera dejado esperar tanto, y creeme, si la idea te espantara, no te obligaría igual que no te obligó nuestro padre; pero tal y como has sonreído ahora, sé que no es así. —Suspiró—. Compréndeme, hermano, el núcleo principal de nuestra Casa es pequeño comparado con el de las demás, necesitamos que la siguiente generación sea más numerosa, ya has visto las pocas opciones que he tenido para nombrar a un Consejero. La Daimyo de la Tierra ya ha casado a dos de sus hijas y el Daimyo del Vacío tiene siete nietos.

—Está bien… me casaré… Pero, ¿con quién?

—Con quien quieras, Hideaki. Sé que para ti ya es mucho casarte, no te impondré a una mujer que no te agrade. ¿Tienes en mente alguna muchacha? Dime un nombre y avisaré a nuestro casamentero para que haga una proposición formal en nuestro nombre.

—No, no —respondió Hideaki nervioso—, no conozco a ninguna que…

—Está bien. Te doy un año. Tienes tiempo de conocer a muchas mujeres honorables y hermosas que deseen a un esposo de tu estatus; si no le encargaré a Aone que te busque una esposa, un buen matrimonio que favorezca a los intereses de nuestra casa. Ella sabrá venderte.

—¿A Aone? ¿Por qué?

—Aone se ha criado en la corte, está versada en estos asuntos y debe de estar deseando hacer algo valioso por nuestra Casa. —Rió mientras Hideaki apretaba los labios—. Vamos, hermano, no es una misión tan terrible la que te encomiendo, buscar una esposa, ¡y en un año! Encontrarás tantas que te costará decidirte sólo por una.

—No sé…

—Ya verás que estoy en lo cierto. Elige a la samurai que quieras, pero por lo que más quieras, Hideaki, dame un sobrino antes de que mis hijos me den otro nieto.

Hideaki suspiró y se llevó la taza de té a los labios que casi estaba ya frío. Masahiro cambió el semblante de repente y miró a su hermano con tristeza.

—¿Qué te ocurre, Masahiro?

—Hay otro asunto del que debemos hablar y no es tan alegre como podría serlo el verte felizmente casado.

—¿De qué se trata?

—El diario de nuestro padre. —Se giró y cogió un rollo de pergamino que tenía detrás de él.

—¿Qué le ocurre? —Normalmente los Grandes Daimyo escribían un diario en el que detallaban los pormenores de la administración de sus Casas, secretos, conflictos, rencillas familiares… y estos diarios eran parte de la herencia para el siguiente Daimyo. —Sólo tú deberías leerlo, Masahiro.

—Sí… y no. Este no es el diario completo, sólo una pequeña parte. Lo encontré de casualidad en el fondo de uno de sus arcones envuelto en un viejo kimono, aunque en realidad —esbozó una leve sonrisa hacia Koan—, fue él quien me guió hasta él. Al principio no comprendí porque nuestro padre guardó tan celosamente esta última parte del diario, hasta que lo leí y descubrí qué estuvo haciendo durante sus últimas semanas de vida. —Guardó silencio con gran solemnidad.

—Pero, ¿de qué estás hablando? —preguntó Hideaki inquieto.

—A nuestro padre no le falló la salud, Hideaki, al menos no por causas naturales. Hay algo extraño en todo esto, algo que se me escapa y me asusta y tiene que ver con el eclipse de hace unas semanas, ¿lo recuerdas? No confío en nadie más que en mis hijos, en mi esposa, en ti, en Aone y, en deferencia a ti, en Sora no Mansai. Por eso quiero poner esto en tus manos, que lo leas y, en la medida de lo posible, como Magistrado que eres, que lo investigues. No te lo diría si de verdad no considerara que es algo realmente serio y temo que el asunto caiga en manos equivocadas y, por supuesto, espero que cuentes con la inestimable ayuda de Mansai para aclarar todo esto.

—¿Dices que nuestro padre se mezcló en asuntos peligrosos y por eso lo mataron? —Hideaki cogió el pergamino y lo guardó celosamente en su bolsa, su padre siempre había sido un hombre tranquilo y prudente y todo aquello le resultaba desconcertante.

—Así es. Ten cuidado, Hideaki, no quiero que averigües la verdad de todo esto sólo por curiosidad ni por vengar a nuestro padre, no dejaría que arriesgaras tu vida y tu alma por ello; pero temo que sea el propio Imperio el que corra un gran peligro.

 

Sigue la historia en el CAPÍTULO 5